King Crimson en el Luna Park: un combo arrasador de tracción a sangre, musicalidad y disciplina

Una aceitada maquinaria de precisión funcionando sobre la base de siete engranajes perfectos. Quizás sea esa la definición más cercana que pueda explicar esta encarnación de la banda británica King Crimson, quienes se encuentran festejando los 50 años del lanzamiento de su primer álbum, el inspirador y aún vanguardista In The Court of the Crimson…

King Crimson en el Luna Park: un combo arrasador de tracción a sangre, musicalidad y disciplina

Una aceitada maquinaria de precisión funcionando sobre la base de siete engranajes perfectos. Quizás sea esa la definición más cercana que pueda explicar esta encarnación de la banda británica King Crimson, quienes se encuentran festejando los 50 años del lanzamiento de su primer álbum, el inspirador y aún vanguardista In The Court of the Crimson King, y celebrando una noticia por demás excitante: la música en estado puro aún existe y todavía es posible disfrutarla en vivo. No es poca cosa en el escenario actual del rock, donde las nuevas bandas y solistas parecen repetir hasta el agotamiento fórmulas inventadas y trajinadas hace décadas por otros artistas.

Liderados por la mano experta y serena de su creador Robert Fripp, personaje incólume a mitad de camino entre un monje zen y el paciente en la sala de espera del médico de guardia, el martes 8 de octubre por la noche (repite el miércoles 9), en el Luna Park, los Crimson realizaron un repaso prolijo (que no completo, obviamente) de las distintas etapas que los vieron florecer. No es fácil imaginar que esta banda surgió cuando los Beatles habían lanzado su Album Blanco. Y mucho menos que hayan debutado como teloneros de los Rolling Stones en aquel concierto de Hyde Park en 1969. Pues ninguna de las dos insignias de la escudería beat tiene demasiado que ver con el “sonido Crimson” ni le adeudan herencia alguna.

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Las raíces del sonido de esta banda habría que buscarlas antes bien en ciertas formas del más áspero free-jazz junto con algunos de los experimentos sonoros de Karlheinz Stockhausen, padre alemán de la música aleatoria y electroacústica. Surgidos junto con la llegada del hombre a la Luna, King Crimson comienza su propia carrera espacial a través de un manifiesto futurista y demoledor: el tema 21st Century Schizoid Man (Hombre esquizoide del Siglo XXI), que no por casualidad cierra sus shows en esta nueva etapa.

Después de 25 años, King Crimson volvió a la Argentina, y dio un concierto memorable en un Luna Park colmado. (Foto: Gentileza prensa)

Al igual que sucede con otras grandes bandas del rock (Deep Purple sin ir mas lejos) , Crimson ha tenido diferentes formaciones que gestaron distintos fanatismos. Y al igual que Purple en su “alineación “Mark II”, la más clásica y entrañable posiblemente sea la que conformaron el propio Fripp en guitarra junto a John Wetton (bajo), David Cross (violín, mellotrón) y Bill Bruford (batería), aunque el público argentino se ha inclinado mayoritariamente por aquella donde militaba el eximio guitarrista y cantante estadounidense Adrian Belew.

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Por eso, a una gran parte del público local (junto con algunos periodistas especializados) le pareció sospechosa y sintomática la ausencia del ex guitarrista de David Bowie en esta formación. Pero la realidad de Crimson es muy otra. Señalado como tirano por algunos músicos, endiosado por diversos cronistas, alabado y criticado en partes iguales por audiencias y colegas, Robert Fripp es el titiritero que maneja los hilos de la agrupación a su antojo. Es el ventrílocuo de chaleco y corbata que sin mover las comisuras de los labios (apenas para esbozar alguna que otra sonrisa), desde el fondo del escenario hace hablar al resto de sus acompañantes.

Como en Brasil el pasado domingo (foto), la guitarra de la voz cantante de la banda, Jakko Jakszyk, complementó la compleja tarea de Fripp. (Foto: Mauro PIMENTEL / AFP)

Viendo a King Crimson en acción y contemplando al mismo tiempo la cara serena e inexpresiva de Fripp uno termina pensando cómo puede ser que tanta música disonante, vanguardista y sensible haya podido salir de esa cabeza rapada.

Pero Fripp no es solamente el faro de un estilo de tocada muy particular, shiham (maestro de maestros) de una escuela de guitarristas que incluye a varios discípulos argentinos. Es también la mente marketinera que decidió poner tres bateristas al frente del escenario con la insana intención de demoler cualquier resistencia externa. Y esa decisión que pudo haber transformado sus shows en un páramo pletórico de aburrimiento, logra, en base a la mas perfecta sincronización, que los ojos del público se muevan como si estuvieran ante un partido de tenis en la final más salvaje de Roland Garros.

La estampa inconfundible de Tony Levin, un viejo conocido del público argentino, creando sonidos con sus stick. (Foto del 6/10/19 en Rock in Rio: Mauro PIMENTEL / AFP)

Nadie quiere perderse detalle (y detalle es la palabra que define a su arma secreta) de este combo infernal que toma a los sentidos humanos por asalto. El bajista y stickista Tony Levin (lo pueden ver en los créditos del álbum de John Lennon Double Fantasy) es el muro de granito sólido que sostiene todo el andamiaje por donde se mueven como hormigas laboriosas los vientos de Mel Collins (viejo colaborador de la banda) y las guitarras de Jakko Jakszyk (yerno de Michael Giles, primer baterista de Crimson) y del propio Fripp, quien a su vez y como es tan distintivo del ambiente crimsoniano, aporta su sonido de mellotrón para que la fiesta sea completa.

Acá no interesa tanto si en la lista de temas del show figuran clásicos como Islands (maravillosa y delicada versión donde el saxo de Collins nos hizo olvidar aquellos sutiles destellos de trompeta de Marc Charig, en el original de 1971) o como Easy Money, Indiscipline o incluso el melancólico y sutil Starless. Porque todo el show bien podría tomarse como una sola obra conceptual, muy al estilo de lo que esas bandas de rock sinfónico y progresivo (Crimson incluido) solían hacer en los años setenta.

De cualquier manera la mención aparte, por supuesto, recae en el trabajo sublime de los tres bateristas (Pat Mastelotto, Gavin Harrison y Jeremy Stacey), quienes por momentos funcionan como una formación de tambores japoneses taiko y por otros suenan como los tres cuerpos de una sola batería que te arma un perfecto sonido estéreo delante de tus propias narices, en vivo y en directo. Y no se les despeina el jopo.

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King Crimson nos pasó por encima en una tibia noche primaveral porteña. Nos atropelló a fuerza de musicalidad, trabajo serio, sangre y disciplina. Y nada puede volver a ser lo mismo luego de este show. Larga vida al Rey Carmesí.

E.S.

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