Daniel Divinsky: el pequeño editor que conquistó a Quino y Fontanarrosa

-¿Cómo hiciste para tener en tu editorial chiquita a figuras como Quino y el Negro Fontanarrosa?-La relación empezó recomendando un abogado. Hasta entonces conocíamos a Quino como a un amigo, pero Jorge Alvarez y su editorial habían dejado de pagarle los derechos de autor y la situación se volvió grave. Alvarez se había dedicado a…

Daniel Divinsky: el pequeño editor que conquistó a Quino y Fontanarrosa

-¿Cómo hiciste para tener en tu editorial chiquita a figuras como Quino y el Negro Fontanarrosa?

-La relación empezó recomendando un abogado. Hasta entonces conocíamos a Quino como a un amigo, pero Jorge Alvarez y su editorial habían dejado de pagarle los derechos de autor y la situación se volvió grave. Alvarez se había dedicado a otra cosa, a hacer discos, posters, un sello musical, y de manera imprudente dejó de pagarle los derechos a Quino, que era su vaca lechera. Fue Quino quien sugirió que nosotros empezáramos a hacer Mafalda. De la Flor, hasta entonces, era una editorial prácticamente amateur. Publicábamos no más de dos mil copias y el salto cualitativo se da cuando sale el tomo 6 de Mafalda, con 200 mil ejemplares de tirada inicial. Eso significó un paso mucho más largo que la pierna. Se produjo una amistad profunda con Quino que se mantuvo en todos estos años.

-Pasaron de editorial amateur a editorial “grande” gracias a Quino…

-Pasamos a ser una editorial profesional desde que largamos a la calle un libro de 200 mil ejemplares.

-¿Cuántos años llevás en el negocio del libro?

-Cuarenta y ocho, todos dedicados a Ediciones de la Flor, hasta que dejé hace tres años. Ahora la editorial quedó en manos de quien era mi socia y mi mujer.

-¿El Negro Fontanarrosa cuándo aparece?

“Cuando sale el tomo 6 de Mafalda, con 200 mil ejemplares de tirada inicial, nos convertimos en una editorial profesional. Hasta entonces eramos amateurs”. Foto, Lucia Merle.

-Aparece después. Empieza a publicar en la revista Hortensia y en una publicación política, Desacuerdo. Ya me venía gustando su trabajo así que me contacté con él y editamos ¿Quién es Fontanarrosa?. Hasta ese momento, no lo conocía nadie.

-Vos serías su descubridor…

-Jorge Herralde, de Anagrama, mi modelo como editor pese a entrar en la actividad después que yo, dice que el editor no descubre escritores sino que los reconoce. Me parece justo. En el caso del Negro, nos dimos cuenta de la potencialidad que tenía sin calcular el fenómeno en el que se convertiría luego. Empezó a publicar con nosotros en 1971.

-Y cuando se consagraron, ¿cómo lograste mantenerlos dentro de tu sello?

-La explicación espiritual fue que se creó una relación cariñosa y de amistad total con los dos. Con el Negro hablábamos por teléfono los lunes y yo estudiaba sobre fútbol para no fallarle. Me informaba sobre Rosario Central, me aprendía la formación del equipo de memoria… Con Quino salíamos de vacaciones. Somos amigos estrechos. Lo del Negro era una cosa un poco más fría. A Quino lo sigo llamando a Mendoza, donde se radicó desde que enviudó. Fui a visitarlo en julio para su cumpleaños.

-¿Cómo anda Quino?

-Esta lúcido, pero retirado. No ve nada y se desplaza con dificultad. No dibuja más. Cuando empezó con su tema de la vista compró unos lápices de punta gruesa para probar, pero no le gustó ni medio lo que le estaba saliendo.

-¿Los acuerdos económicos con ellos eran iguales a los de cualquier otro autor?

-No. Tenían derechos muchos mayores. Cobraban el 17 por ciento, cuando lo normal es el diez.

-¿Y nunca los tentaron de otras editoriales?

-¡¿A ellos?! Por supuesto, pero se mantuvo el afecto. En América del Sur siempre fue De la Flor. Al Negro, Juan Forn, que en ese momento dirigía una colección de Planeta, le dijo delante de mí: ¿Y? ¿Cuándo te venís a una editorial en serio?

-¿Sos un tipo querido en el mundo editorial?

-Hubo pocos conflictos. Uno con Enrique Medina, totalmente injustificado, y otro con Fogwill, a quien le publiqué Los Pichiciegos cuando nadie se animaba. Me lo trajo, se la habían rechazado en otras editoriales, lo publicamos con una tapa muy original, y Fogwill vino a vernos a los gritos diciendo que el libro no había vendido nada por la tapa de mierda que le habíamos hecho.

“Quino esta lúcido pero retirado. No ve nada y se desplaza con dificultad. Vive en Mendoza”. Foto de Lucia Merle.

-Leo que el sector está atravesando una “severa crisis”. ¿Alguna vez le fue bien al libro?

-Empecé con Onganía, atravesé la dictadura del ‘76, la prosperidad del ‘83, la hiperinflación… Durante el gobierno de los Kirchner hubo un apoyo económico al libro que, luego del 2015, desapareció por completo.

-¿Por qué fuiste editor en vez de escritor?

-Primero, porque sabía leer y no sabía escribir. En la Facultad de Derecho empecé a trabajar como editor de unos libritos cortos con los chismes de los profesores. Después, me dediqué a libros políticos y ahí aprendí el oficio corrigiendo pruebas y yendo a imprentas.

-¿De qué hablarías en un taller de edición?

-De la defensa del gusto frente al marketing. Los gustos de la gente sos muy variopintos. Variopinto: una de las palabras que más me gustan. En un concurso la voté como la más linda. No ganó.

-¿Cuál ganó?

-Ay, no me acuerdo. Te decía: hay tantos intereses diferentes que no necesariamente existe un tema mainstream. Eso hace que puedan haber sellos chicos conviviendo con monstruos y editoriales grandes. Una barrera clara es la distribución, pero con Internet ese obstáculo se puede superar. Me gusta descubrir autores, novelas. Ahora di con un librito divino de un pibe que ganó un premio en la Bienal de Arte Joven. Es un libro genial que no lo conoce nadie. Invité al tipo al programa y estaba sorprendidísimo.

-Qué bueno que no trabajes con la agenda…

-Es mi obligación. Tengo un programa que se llama Los libros hablan en Radio UBA, y me gusta descubrir nuevos valores.

-¿Qué importancia tiene la ficción literaria entre tanta posibilidad de ficción audiovisual?

-No sé si en números sea válida la ficción literaria, pero yo acostumbro leer frente al televisor apagado.

-¿Es verdad que leer nos cambia la vida?

-No me puedo imaginar mi vida de otra manera, pero no es una máxima aplicable.

-¿Qué está pasando con el e-book?

Divinsky ahora tiene un programa que se llama “Los libros hablan”, en Radio UBA, donde descubre nuevos valores.

-Menos de lo que pensaban que iba a pasar. Me acuerdo cuando me decían, no hace tanto, que el futuro era el CD Rom. El libro electrónico llegó a paso redoblado pero en Hispanoamérica no representa el 10% del mercado.

-¿Ser poeta es más fácil o más difícil que ser narrador?

-Yo, como lector, leo más fácil prosa que poesía. Creo que la poesía, eso de leer finito, ahora no me atrapa de la misma manera que antes.

-¿Los concursos literarios son confiables?

-Algunos sí, algunos, no. No es confiable el Premio Planeta. Y me consta. Hubo casos famosos como el de un agente literario que consiguió que le dieran a (Ricardo) Piglia el Premio Planeta por una novela que ya estaba contratada por la editorial.

-¿Y por qué hicieron eso?

-Porque el nivel de “premio” da una repercusión enormemente mayor.

-¿Piglia se prestó a esa operación?

-Creo que lo envolvió su agente literario, que no es trigo limpio.

-Te nombro a Samanta Schweblin. ¿Qué me decís?

-Los cuatro nombres a destacar en la literatura argentina contemporánea son Samanta, Pablo Ramos, Federico Jeanmarie y…

-Hugo Savino.

-No, no lo conozco ni de nombre.

-¿Por qué subrayamos los libros?

-Yo no lo hago. Nunca lo hice, mi padre me ha retado por hacerlo. Cuando quiero citar algo, doblo apenas la página. No más que eso.

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