Karina K inició los trámites de adopción junto a su esposa: “Creo que va a llegar ese hijo del corazón”

Un día estaba haciendo teatro en Berlín, con el muro recién caído, y otros repartía pizzas por Barcelona y cantaba rap, soul, hip hop con la banda Patricias Argentinas. Un día, bailaba pícara en TV al son de “Hola Susana, te estamos llamando, queremos jugar”, y otro trabajaba con Batato Barea en los laberintos subterráneos porteños.…

Karina K inició los trámites de adopción junto a su esposa: “Creo que va a llegar ese hijo del corazón”

Un día estaba haciendo teatro en Berlín, con el muro recién caído, y otros repartía pizzas por Barcelona y cantaba rap, soul, hip hop con la banda Patricias Argentinas. Un día, bailaba pícara en TV al son de “Hola Susana, te estamos llamando, queremos jugar“, y otro trabajaba con Batato Barea en los laberintos subterráneos porteños. El under y lo comercialmente establecido. Sótanos y cúpulas. Europa y Argentina. Actuación en tablas de madera, plazas de toro, carpas de circo. 

Mucho antes de que la undécima letra del abecedario se convirtiera en una marca política, Karina Moccio elegía ser Karina K, la “K” como respuesta a las convenciones, al paradigma reinante, a los usos y costumbres. No le gusta el “unitarios-federales, Boca-River, taxi o Uber”. Será porque encontró felicidad sin camisetas o con ambas camisetas puestas. Pudo calzarse la del Parakultural y la del circuito de la Avenida Corrientes. Escalas de vida: Ezpeleta, Barrio Norte, Barcelona, Abasto. Supo dejar el país en los ochenta, enamorada de un hombre, y casarse -cuatro años atrás- con Cynthia.

Fue Yiya Murano. Judy Garland. Florence Foster Jenkins. Niní Marshall. Sally en Cabaret. Una sola actriz y tantas mujeres gestándose en su voz, en su cuerpo, en sus muecas. Fue Sor María en Esperanza mía. Es periodista en ¿Qué hacemos con Walter?, obra que protagoniza en el Multiteatro y la llevó a repensar el tema de la conciliación, las diferencias, el ser argentino, el dilema shakespereano de ser o no ser. “No creo en los buenos o malos”, avisa. “Creo en las proporciones de bondad y maldad en un ser humano. Los seres vivos tienen tendencias a la irascibilidad, a la frivolidad, a tantas cosas. Me canso de ver en este medio a quienes ante un lugar grande en una marquesina pierden la concientización de sus orígenes. Todos tuvimos que empezar un día”.

Karina y una de sus mascotas, en su casa de Abasto. (Foto Germán García Adrasti).

De proporciones también está hecha ella. La sangre calabresa, el budismo, las lecturas de Siddhartha, de Hermann Hesse, las clases actuales de dramaturgia, el amor por sus perros Merlina y Puki y por su gata Nina. 

Sus padres se conocieron en un hospital, el Rawson. Él psicoterapeuta, ella enfermera. Su mamá -socia del club de admiradoras de las hermanas Legrand- solía mostrarle una foto, de una carpa en Villa Gesell donde la concibieron. Llegó al mundo el 17 de noviembre de 1966. La llamaron Karina Claudia -por ambas revistas hoy extinguidas- y la inscribieron temprano en cursos de folclore, flamenco, música, teatro. Tercera hermana, irrefrenable, jugaba a guardar luciérnagas en frascos. Y al fútbol. Sus primeros años cinco años transcurrieron en una casa del sudoeste del partido de Quilmes… Después, la mudanza a Barrio Norte y la independencia, a los 21, rumbo a España.

Karina como Judy Garland en “Al final del arco iris”.

Su abuelo Elías Moccio, a quien no conoció, trabajaba en la marina mercantil trayendo los rollos de película. No había artistas proclamados en la familia, pero el arte y las ideas profundas estaban latentes, flotando, con su padre, discípulo de Pichón Riviere, y con las obras de ceramista de su madre. “Conservo miles de diapositivas que reconstruyen mi infancia, tengo que ponerme en campaña para rescatar todo eso”, se emociona.

-Hay que ser valiente para querer volver a ver esa proyección del pasado.

-Sï, pero yo estoy convencida de que los recuerdos te fortalecen.

-Infancia tranquila, adolescencia en rebeldía. ¿Cómo fue esa transición?

-La rebeldía me agarró en la transición a la democracia. Me volvió al movimiento punk, de ahí mi fascinación con Nina Hagen. Siempre me preocuparon las guerras, por eso me metí en un movimiento por la paz. Hace ya 30 años que participo de esta ONG que sigue los lineamientos del Soka Gakkai, un tipo de budismo japonés. A los 19 yo había hecho Sugar, con Susana, Ricardo Darín, Arturo Puig. Una audición, 2.000 aspirantes. Quedamos 12. Un estreno en el Lola Membrives a lo Hollywood. Antes había quedado en El diluvio que viene, pero era menor y mis padres decidieron que era chica todavía. Cuando terminaba la función de Sugar, me batía el pelo y me iba al Parakultural a ver a Batato, Los Melli, Las gambas al ajillo, Tino Tinto. Competían para ver quién era más transgresor.

Karina y su esposa Cynthia. (Foto: Germán García Adrasti).

-¿Y es Batato quien te sugiere la “K”?

-Si, me hice su amiga, fui testigo de esa vida de libertad y sensibilidad. Era andrógino, clown, poeta. De repente lo acompañaba a una disco a una performance donde él iba con una cresta. Fue escuela para mí. Le dije que me quería cambiar el nombre. Todo se escribía con K entonces. Kultura. Como diría Noy, “por la mayéutica de la palabra”. Batato me dice: ‘Llamate Ana Karenina’ (como la novela de Tolstói). Pero no. Encontramos lo rítmico. Moccio es un lampazo o trapo de piso en España. No era un apellido para resonar. Así, quedó Karina K, y cuando hice Drácula en España, una crítica decía: “Una argentina con nombre salido de una novela de Kafka”.

-¿Y cómo fue esa época de trabajar con Susana en el teatro y en la tele?

-Épocas de Entel, la empresa tuvo que sacar un comunicado porque se reventaron las líneas. El día después de aparecer yo en el programa, el chofer del bondi ya se sabía la cortina de Hola Susana. Yo ni tenía noción del dinero, se lo daba a mi mamá para que me lo guardara. Hasta que en 1988 me puse de novia con un chico que vivía en Ibiza. Y me fui.

Una mujer, mil caras. (Foto: Germán García Adrasti).

-¿Prosperó la relación?

-Duró cuatro años. Fue un amor importante. Pero creo que me enamoré más del marco, de Barcelona, de mi independencia, de mi posibilidad de estudiar allá. Logré autogestión, hice mi unipersonal Antidivas, con el que estuve en Berlín, vivimos unas semanas en una casa tomada en Berlín del Este. Fueron ocho años en Barcelona. Viajé por todo España. Fui maquilladora, repartidora de pizza, mensajera. Un día un compañero vio una convocatoria de Pepe Cibrián para Drácula en Barcelona. Llamé a mamá y ella me dijo: ‘Presentate’. Después de un casting de 20 días, quedé para Lucy.

-¿Y cómo fue el regreso?

-Vine a tantear el panorama y me fui a buscar a mi gato, Prince. Yo llegué a Buenos Aires y veía un espejismo. La gente acá creía que estaba en el primer mundo. El uno a uno. Pero eso no era real.

-¿Y a tu pareja, como la conociste?

-Me hablaban de ella y a ella de mí. Las dos nos habíamos separado de nuestras respectivas parejas en el mismo momento y nuestras ex parejas se llamaban igual. Hacíamos espectáculos musicales dirigidos por Ricky Pashkus. Ella me había visto en Victor Victoria y le dijo a una amiga: “Con ella me voy a casar”. Fijate que curioso, cuando yo hacía Víctor Victoria me definí sexualmente. ¿O Víctor o Victoria? Ocho años después de esa obra nos casamos. El 16 de marzo de 2014 nos vimos por primera vez después de mensajes por Twitter. Un año después, justo un 16, nos casamos. Estamos con los trámites de adopción.

-¿Cómo llevan ese proceso?

-No lo vivimos como una necesidad primaria, estamos en el camino. Sabemos que va a llegar ese “niñe” y que va a ser hijo del corazón y de la buena fortuna. Vamos a darle las mejores condiciones humanas y mundanas.

¿Qué hacemos con Walter?” Karina K y Campi.

Karina es parte del éxito ¿Qué hacemos con Walter?, en el Multiteatro. La historia -escrita por Juan José Campanella y Emanuel Diez, y dirigida por Juan José Campanella- de un consorcio de propietarios que celebra una asamblea extraordinaria para tomar una importante decisión: echarlo al encargado. Con Carlos Belloso, Campi, Victoria Almeida, Fabio Aste, Federico Ottone y Araceli Dvoskin.

Mirá también

Mirá también

Mirá también

Mirá también

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *