Adiós a Reinbert de Leeuw, un artista de Ámsterdam

 La noche del 17 de noviembre de 1969, mientras el venerable Bernard Haitink alzaba su batuta para dar inicio al programa de la Orquesta, un estrepitoso coro de ranitas de cotillón invadió la sala del Concertgebouw de Ámsterdam, seguido por una distribución de volantes. La acción fue producida por los Notenkrakers (Cascanueces, o Cascanotas, en…

Adiós a Reinbert de Leeuw, un artista de Ámsterdam

 La noche del 17 de noviembre de 1969, mientras el venerable Bernard Haitink alzaba su batuta para dar inicio al programa de la Orquesta, un estrepitoso coro de ranitas de cotillón invadió la sala del Concertgebouw de Ámsterdam, seguido por una distribución de volantes. La acción fue producida por los Notenkrakers (Cascanueces, o Cascanotas, en una doble referencia al ballet de Chaikovski y al satírico semanario de ese nombre publicado en Holanda entre 1907 y 1936), grupo de activistas musicales entre los que revistaba Reinbert de Leeuw, el pianista, director y compositor fallecido el 14 de febrero pasado, a los 81 años. El grupo era completado por los compositores holandeses Louis Andriessen, Misha Mengelberg, Peter Schat y Jan van Vlijmen, y su anticoncierto apuntaba contra la línea netamente conservadora de los programas de la principal orquesta de Holanda. Tres años antes los cinco compositores habían firmado una carta abierta que inició la llamada “Campaña Maderna”, que abogaba por la inclusión del italiano Bruno Maderna, el paladín de la música europea de posguerra, entre el staff de directores invitados de la orquesta.

Ámsterdam, la ciudad más liberal del mundo según la definió Russell Shorto en su gran ensayo sobre la capital holandesa, fue la punta de lanza de la contracultura europea. Tras casarse en Gibraltar y pasar la luna de miel en París, John Lennon y Yoko Ono se subieron en una limusina rumbo a Ámsterdam, ocuparon una suite en el Hotel Hilton y practicaron su happening de seis días en la cama (como dice La balada de John y Yoko, “Drove from Paris to the Amsterdam Hilton; talking in our beds for a week…).

Aunque la mera figura de la “contracultura” no bastaría para definir el singular espíritu de esa ciudad holandesa; sería, en todo caso, una contracultura de vieja data, propia de un desarrollo histórico que, como lo describió Shorto, no se parece a ningún otro y se define por “sus batallas contra las aguas, su cultura protocapitalista en pleno feudalismo europeo y esa clase de tolerancia no ideológica que se afianzó allí en épocas tan remotas como el siglo XVI, cuando la ciudad se transformó en un centro de atracción para toda una variedad de religiones nuevas cuyas canciones, danzas y diatribas hubieran llevado a sus fieles a la hoguera por brujería en otros lugares”.

En Reinbert de Leeuw se combinan el contestatario audaz y el profesional más riguroso. No destacó como compositor, sino como pianista y director. Fue una de las mentes musicales más inquietas de Ámsterdam y de toda Europa. En 1974 fundó el Schönberg Ensamble, que se consagró al repertorio de nuestros días e interpretó al nivel más alto la música de Mauricio Kagel, György Ligeti, György Kurtág, Sofía Gubaidulina, Claude Vivier y tantos otros, además de clásicos de la primera mitad del siglo XX como Schoenberg, Webern y Stravinski, y de rescates fundamentales como el álbum que en 1997 grabó para Deutsche Grammophon con música de la estadounidense Ruth Crawford (1901-1953); aquí el Ensamble es dirigido por Oliver Knussen y De Leeuw interviene como eximio pianista.

A comienzos de los ‘80 De Leeuw sorprendió con sus grabaciones de la música para piano de Erik Satie. Cuando oí por primera vez su lentísima versión de las Gymnopédies no sabía qué pensar; extremadamente lentas, más o menos a razón de 44 negras por minuto, cuando la velocidad habitual es aproximadamente negra 63. No sabía si tomármelo completamente en serio; me sonaban como el homenaje de un excéntrico a otro excéntrico (Satie).

En 1995 volvió a grabarlas, un poquito menos lentas: negra 54 aproximadamente. Y en esta segunda versión me parece que se vuelve más claro el logro de De Leeuw, que es darle a la melodía todo el tiempo del mundo sin que se caiga o deje de palpitar. Es como si esas piezas que uno ha oído hasta el cansancio y se han vuelto música de fondo volviesen a reclamar toda nuestra atención. Tal vez nada haya mostrado con tanto relieve el genio único y atemporal de Erik Satie como el piano de De Leew, un piano totalmente ensimismado y confiado en su intuición.

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