Admitámoslo, la privacidad no nos importa

Aunque durante mucho tiempo el asunto fue tomado como la exageración paranoica de un pequeño grupo de adictos a las teorías conspirativas, hoy sabemos que los gigantes de internet están comercializando nuestros datos a escala industrial. Es comprensible que aquellas denuncias sonaran a alucinación conspiranoica; estábamos hablando de números demasiado grandes para que fueran ciertos.…

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Aunque durante mucho tiempo el asunto fue tomado como la exageración paranoica de un pequeño grupo de adictos a las teorías conspirativas, hoy sabemos que los gigantes de internet están comercializando nuestros datos a escala industrial. Es comprensible que aquellas denuncias sonaran a alucinación conspiranoica; estábamos hablando de números demasiado grandes para que fueran ciertos. Hasta que empezaron las revelaciones, y lo que en 2009 parecía delirante, en 2018, con el affaire Cambridge Analytica, la evidencia llegó a los titulares y el caso se trató en el Congreso de Estados Unidos, con la presencia del mismísimo Mark Zuckerberg.

Así que hace más o menos ocho años que los colosos de internet (Amazon, Apple, Facebook, Google y Microsoft, por citar los más visibles) están bajo sospecha, y desde 2018 los estadounidenses (a pesar de que la Unión Europea venía denunciando esto desde hacía décadas) empiezan a preguntarse si acaso estas compañías no son, simplemente, demasiado poderosas. Para darse una idea de la enormidad del dilema, un dato: perdimos la batalla por la privacidad. ¿Pero por qué la perdimos tan fácilmente?

Hace unos años, podríamos haber argumentado que no sabíamos lo que las compañías de internet estaban haciendo con nuestros datos personales. Nos dijeron que Facebook, Gmail, Maps y WhatsApp eran gratis, y compramos esa historia porque ignorábamos que estábamos pagando con nuestra intimidad. Ahora que lo sabemos, sin embargo, no hemos tomado ninguna decisión al respecto. Salvo casos muy raros, seguimos entregando nuestros datos sin pensarlo demasiado. Es más, en el caso de Google Maps, el servicio no serviría para nada si no concediéramos algo tan crítico como todos los lugares por donde nos movemos.

El primer motivo por el que perdimos tan fácilmente la batalla por la privacidad es aluvial. Como de entrada creímos en que estos servicios eran gratis, y como además son de verdad muy útiles y funcionan muy bien, empezamos a depender de ellos. Hoy es casi imposible pensar el mundo sin WhatsApp, Gmail, Facebook o los smartphones. Así que de cierta forma se trata de una encerrona. Incluso si quisiéramos, no podríamos dejar de entregar nuestros datos indiscriminadamente. El celular –un dispositivo 100% omnipresente e indispensable– está constantemente hablando con compañías de internet y dándoles información sobre dónde estamos, lo que hacemos, lo que buscamos y así. Además, el equipo contiene todos nuestros contactos y sabe con cuáles interactuamos con mayor frecuencia y a quienes hemos decidido bloquear. Ah, y de paso, el sistema también sabe los contactos de nuestros contactos, así como los contactos de los contactos de nuestros contactos. La trama se ha vuelto imposible de deshacer.

Pero todo esto no alcanza para explicar el hecho de que ni siquiera tomamos los recaudos más elementales para preservar nuestra privacidad. Todos los días se revelan audios de WhatsApp de toda clase y tenor, a cual más escandaloso, y uno se queda pensando cómo es posible que alguien haya confiado en medios de comunicación tan porosos para enviar mensajes así de sensibles.

Es decir: no hay nada de malo en conceder un poco de información personal para obtener un beneficio a cambio. Lo hacemos desde hace mucho y forma parte de los avances de la civilización moderna. ¿Pero exponer una agria pelea familiar en Facebook o mandar por WhatsApp audios de lo más escabrosos? ¿En serio?

Otra posible aproximación viene por el lado de la educación. En la Argentina y en gran parte del mundo sigue considerándose la formación en tecnología como un auxiliar de las materias tradicionales. No parece haber consciencia de que la comprensión temprana de los conceptos básicos de la informática va a hacer que el día de mañana ese alumno pueda ejercer sus derechos civiles en un mundo digitalizado. La privacidad es una garantía constitucional, vale aquí aclarar, y no es porque sí, como se verá enseguida.

Un ejemplo de concepto básico de la informática es que resulta casi imposible trazar fronteras o imponer diques en un entorno TCP/IP. Traducido: si no querés que algo se revele, no tenés que enviarlo por internet, por cómodo que resulte.

Así que hay con el tema de la privacidad algo del orden de la brecha digital, solo que, al revés de lo que se piensa, esa brecha no la cierran las nuevas generaciones al saber usar el teléfono, TikTok o la tablet. Como dice el chiste hacker, solo hay diez clases de personas en el mundo: las que saben contar en binario y las que no. Si no lo entendiste, eso es parte del problema.

Un barniz de modernidad

Sin embargo, y quedó claramente demostrado durante la pandemia, cuando no sabemos acerca de algo y eso nos preocupa, salimos a buscar información. Es verdad que no nos hemos convertido en médicos epidemiólogos ni en virólogos expertos en el diseño de vacunas. Pero hace poco más de un año la mayoría de nosotros no habría sido capaz de señalar la diferencia entre un virus y una bacteria. Hoy hablamos de adenovirus y mutaciones como si nada. Así que la pregunta no es tanto por qué no nos cuidamos de preservar nuestra privacidad, sino más bien por qué todo el asunto nos tiene sin cuidado. No nos preocupa la privacidad. Es un tema que nos aburre. No nos hechiza ni un poco. ¿Por qué?

Una posible respuesta está en que la privacidad no parece ser un asunto de vida o muerte (como una pandemia o la inseguridad) ni parece afectar nuestro patrimonio (como la inflación, los impuestos o el desempleo). Independientemente de que esto sea así o no, nuestra mente no está calibrada para identificar la privacidad como una condición fundamental para la supervivencia. Más bien es al revés. El aislamiento es algo que nuestros instintos detestan.

La privacidad es algo extremadamente nuevo en la historia de nuestra especie, y nada por el estilo existe entre los demás mamíferos. Durante prácticamente toda nuestra historia no solo no disfrutábamos de nada ni remotamente parecido a la privacidad, sino que el pretender un poco de privacidad era visto como algo anómalo o sospechoso. De los más o menos 350.000 años que tiene el homo sapiens, solo en los últimos 2 o 3 siglos empezó a hacerse masiva la vivienda familiar y los espacios propios. Aun hoy, para millones de seres humanos, tal cosa constituye un lujo inalcanzable.

Por eso, cuando le sacamos el barniz de la modernidad, nuestra idea de la privacidad es que la alcoba tenga puerta, y no mucho más. Cuando yo era chico nuestra casa en el barrio de Barracas estaba abierta todo el día. Literalmente abierta, de par en par. Y más de una vecina entraba sin avisar ni pedir permiso. Todo el mundo sabía todo de todos, y la poca privacidad disponible se limitaba a la alcoba y solo por las noches, cuando ambas puertas se cerraban. Ha transcurrido nada más que medio siglo de esa época.

La pandemia dejó claro también que si tuviéramos que elegir entre seguir sin socializar o correr el riesgo de enfermarnos, preferiríamos correr el riesgo. Dejando de lado el desastre económico causado por el aislamiento interminable e indiscriminado y el efecto devastador sobre los chicos en el nivel escolar, muchas personas adoptaron conductas riesgosas en medio de la crisis, y en no pocos casos se enfermaron.

Ocurre que el instinto de socializar es tan fuerte como el de supervivencia, y está directamente asociado a este. En un nivel inconsciente, en el nivel en el que el cerebro procesa la información relacionada con la supervivencia, seguir aislados después de tanto tiempo era peor que enfermarse de Covid. Por supuesto, fue un error, pero fue un error que estaba inscripto en nuestro ADN. Llega un punto en que para la mente el aislamiento se vuelve tan letal como una enfermedad. Esa incontenible pulsión social es la que facilita el que propaguemos tanta información privada en internet, como si fuera nuestro círculo íntimo o nuestro barrio de la infancia, cuando en realidad es un ecosistema en el que cohabitamos con 4700 millones de personas.

El secreto de la democracia

Sin embargo, el derecho a la privacidad es, como adelanté, una garantía constitucional. ¿Por qué? No nos preocupa y no es mucho más antigua, en el nivel masivo, que la Revolución Francesa o la iluminación pública. ¿Cuál es la función de la privacidad para que tenga un rango tan alto en nuestra Carta Magna? Uno puede entender por qué se nos garantiza la libertad de expresión, de movimiento, de opinión y de reunión. ¿Pero la privacidad? ¿Qué está pasando acá?

Lo explica bien y a menudo el criptógrafo estadounidense Bruce Schneier: sin privacidad, es decir si se nos veda el derecho a reunirnos y hablar de cuestiones que se mantendrán en secreto, las sociedades no progresan. Buena parte de los avances sociales que hubo entre la Revolución Industrial y la actualidad habrían sido cancelados en su origen, si los Estados hubieran sabido que ideas que en ese momento eran inaceptables, como la jornada de ocho horas o la prohibición del trabajo infantil, estaban siendo evaluadas en círculos privados y mayormente clandestinos. O la igualdad de género. O la libertad de expresión. Más una larga lista de pasos enormes que han dado las democracias occidentales en los últimos 200 años.

Así que la privacidad es nuestra paradoja social más productiva y enriquecedora. Alguna vez fue potestad exclusiva de reyes y emperadores (y no sin filtraciones históricas) y hoy es un derecho constitucional. Porque, nos importe o no, importa; esa es la paradoja. Puede parecer trivial esto de que una compañía de internet sepa tanto de nosotros, pero en ese proceso se pone en riesgo un resorte vital de la República. La privacidad se emparenta en esto con la salud. No le prestamos mucha atención. Hasta que nos enfermamos.

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