La nueva columna de Marcelo Birmajer: En el supermercado

Coglionte nunca había logrado coordinar los tiempos con su esposa, Giuliana, para realizar las compras en el supermercado. Giuliana le preguntaba: ¿Estás listo para salir? Coglionte respondía: Sí. Y a partir de esa respuesta afirmativa, Giuliana demoraba una hora y media más. Cambiaba de vestido, de calzado, de maquillaje. -Vamos al supermercado -advertía Coglionte-. No a…

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Coglionte nunca había logrado coordinar los tiempos con su esposa, Giuliana, para realizar las compras en el supermercado. Giuliana le preguntaba: ¿Estás listo para salir? Coglionte respondía: Sí. Y a partir de esa respuesta afirmativa, Giuliana demoraba una hora y media más. Cambiaba de vestido, de calzado, de maquillaje.

-Vamos al supermercado -advertía Coglionte-. No a la ceremonia de los Oscar.

Pero Giuliana solo bufaba. Cuando por fin salían, dos horas más tarde, le reprochaba a Coglionte haber tardado más de la cuenta. En el supermercado los tiempos divergían aún más. Se dividían, ella se ocupaba de vegetales, y Coglionte de los congelados. Acordaban reencontrarse en la góndola de las bebidas en media hora. Coglionte la aguardaba durante dos horas y media.

¿Tal vez Giuliana conociera otro sector del supermercado, con un huerta orgánica, y cosechara allí mismo los rabanitos y los morrones? ¿Por eso la tardanza? ¿Aguardaba quizás a que madurara una palta? Invariablemente, rumbo a las cajas registradoras, estallaba una tensa pero contenida discusión. Coglionte le preguntaba si ella se regía, igual que él, por el calendario gregoriano; y Giuliana replicaba que su marido compraba tarde y mal.

-Fijate, tus congelados están todos descongelados -le reprochaba-.

-Cuando los puse en el chango -explicaba Coglionte- estaban en la era glaciar. Pero hasta que llegaste, cambió la geología y se extinguieron los dinosaurios.

El regreso a casa era fatigoso y, a diferencia de los congelados, frío. La pareja se resentía en las visitas al supermercado; como si fuera una terapia que propendiera a la separación. Pero Coglionte nunca pudo haber imaginado el abandono que sobrevendría. Aquel atardecer, cuando acordaron ella acudir a los congelados, y él a los quesos, y encontrarse en media hora en el sector de vegetales, Giuliana se esfumó. Coglionte la esperó dos horas, como siempre; pero esta vez cerró el supermercado.

Pagó su propio chango y corrió a esperarla en casa. Giuliana no regresó. A las once y media de la noche llamó a la policía, pero, luego de preguntarle si hubo algún malentendido y cómo se llevaban en general en el supermercado, le aclararon que la orden de búsqueda solo se dispondría de no haber novedades en las siguientes 48 horas.

Lamentablemente debió suceder. Buscaron en los videos del supermercado: no estaba. No llamaba, no se comunicaba de ninguna manera.

-Es el clásico abandono -detalló el comisario Bedele-. No tienen hijos. Ella no lo quiere ver más. Prefiere dejarlo plantado que explicarle. ¿Qué le va a explicar? “No sos vos, soy yo”. Esas demoras en el sector vegetales no presagiaban nada bueno. A ver si no tenía un novio verdulero.

Coglionte prefirió no abundar en esa hipótesis.

Cuando acudió al viejo Borgovo -en su reticente rol de detective-, el escritor en las sombras le recomendó paciencia. En ese caso, el tiempo diría su palabra.

Coglionte pasó el resto del año en soledad. No volvió a pisar aquel supermercado: le traía mala espina. De hecho, dejó de comprar en supermercados. Por otra parte, comía mal y bebía mucho. Con un minimercado chino alcanzaba para sus necesidades. Jamás olvidó a Giuliana: todos los días se preguntaba dónde andaría, y con quién. ¿Habría tenido hijos finalmente?

¿Eran una pareja que nunca debió haber sido? ¿Habrían sido más felices de nunca haberse conocido? ¿Por qué habían estado juntos, por qué lo había abandonado sin una palabra? El tiempo pasó muy distinto de cómo pasaba con ella; las horas respondían a una lógica: las personas con las que acordaba encuentros, quizá tardaban unos minutos o se adelantaban otros. Pero dentro de un rango razonable.

Un día se descubrió de novio con Ornella. Era un amor maduro. Pronto Ornella quedó embarazada. Había que comprar víveres de todo tipo, electrodomésticos, elementos de limpieza, una cuna, pañales. Casi con la misma imperceptibilidad que había aparecido Ornella en su vida, Coglionte reapareció por aquel fatídico supermercado, sin contemplar la gravedad del regreso a ese sitio fantasmagórico.

Solo y su alma, mientras en casa lo aguardaba Ornella embarazada. Compró la carne, el pollo, el pescado, y subió al primer piso a surtirse de pañales y elegir la cuna. Entonces recordó que debía comprar frutas. Cuando bajó, en el sector de los congelados, encontró a Giuliana, su esposa. No se habían divorciado, seguían siendo marido y mujer.

Coglionte apenas si pudo improvisar una mueca de estupefacción, pero no le salía una palabra de la boca. A punto de articular una pregunta, ella se le adelantó:

-¿Qué hacés? Te estaba esperando. Hoy sí que tardaste. No me lo vas a negar.

Coglionte quedó demudado, e incapacitado para responder. Era Giuliana, no cabía ninguna duda. Más de dos años después, como si ni siquiera hubieran pasado las dos horas de desencuentro habituales. Coglionte intercaló una serie de inflexiones faciales, movimientos de manos. Se sintió mareado y especuló con desmayarse, pero se dijo:

-Hay un bebé en camino. Debo mantenerme de pie.

Le hizo un gesto como de que ya volvía y se fue corriendo. Dejó el chango cargado abandonado. En cuanto llegó a su casa, le dijo a Ornella la verdad. Ornella le recomendó que impusiera de los acontecimientos al eremita Elías Borgovo. Después de todo, a Borgovo había acudido al comenzar aquel drama y la presunción del escritor retirado no había caído lejos del árbol.

Borgovo lo recibió con un café al cardamomo, en su sempiterna y prestada oficina de la calle Posadas. Su conclusión fue apabullante:

-Por lo que me cuenta -le dijo Borgovo a Coglionte-, desde el comienzo de vuestra relación, la de usted y su ex Giuliana, permítame llamarla su ex aunque en los papeles aún no lo sea, se manejaron en dos distintas dimensiones del tiempo. De ahí los repetidos desencuentros horarios. Por motivos que desconocemos, en el supermercado esa disparidad era particularmente acuciante.

Vaya uno a saber, el clima, la acumulación de materias diversas, la luz… Ni usted ni yo no inventamos el tiempo ni el espacio: las cosas son como son; y en el supermercado, ustedes estaban temporalmente más dispersos que en cualquier otra parte. Antes para ella pasaba media hora, y para usted dos y media. Esta vez, para usted pasaron dos años y medio; para ella media hora. No es tan raro: el mismo fenómeno, en mayor proporción.

-¿Y ahora qué hago? -preguntó desesperado Coglionte.

-¿Quiere mi consejo? -ofreció Borgovo, mientras le servía el segundo café al cardamomo-. Coglionte bebió y asintió.

-No haga nada -sentenció Borgovo-. Regrese con su señora embarazada y no pise nunca más ese supermercado. Dios aprieta, pero no ahorca: agradézcale que con Giuliana no hubo hijos.

Al retirarse Coglionte, Borgovo llamó a su antiguo amigo, Plones, el profesor especialista en el enigma del tiempo, condenado a nunca más vivir una historia de amor. Sin el concurso del profesor Plones, difícilmente Borgovo hubiera resuelto el caso Coglionte, ahora archivado entre sus carpetas de papel madera. Cuando le preguntó si consideraba alguna clase de recompensa por el devenir exitoso del asunto, Plones la desestimó. Le alcanzaba con haber limitadlo la expansión de la desdicha en este mundo.

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