Médicos argentinos en la guerra de Ucrania: historias de vida y muerte

Esta es la historia de los médicos argentinos que viajaron en un vuelo humanitario, comandado por el cineasta y activista social Enrique Piñeyro, para colaborar en un centro de refugiados de la guerra en Ucrania. La delegación, que partió el 30 de mayo, se instaló en una clínica improvisada en Polonia, a diez kilómetros de…

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Esta es la historia de los médicos argentinos que viajaron en un vuelo humanitario, comandado por el cineasta y activista social Enrique Piñeyro, para colaborar en un centro de refugiados de la guerra en Ucrania. La delegación, que partió el 30 de mayo, se instaló en una clínica improvisada en Polonia, a diez kilómetros de la frontera con Ucrania, y allí atendió a más de 200 personas por día, en su mayoría mujeres y niños, ya que aún los hombres entre 18 y 60 años no tienen permitido salir del país.

Se terminó la pandemia, pero estamos en una guerra”, fue el llamado que despertó al grupo de médicos argentinos cuando Pablo Rozic, jefe del Departamento de Psiquiatría del Centro de Educación Médica e Investigaciones Clínicas (Cemic), se puso en contacto con el hospital Hadassah de Jerusalén que instaló una clínica de atención primaria en la ciudad polaca de Pzremysl.

“Llegó una convocatoria para ver quién estaba interesado en participar y apenas terminaron de hablar levanté la mano. Hay cosas que ni se piensan”, cuenta a NOTICIAS Dana Tatín, médica recibida en la Universidad Nacional de Rosario, y agrega: “Los costos eran demasiado altos para nosotros, con lo recaudado no llegábamos, pero hablamos con Enrique Piñeyro y él se ofreció a llevarnos”.

“Desde Varsovia llegamos a la ciudad de Rzeszów, donde estaba nuestro alojamiento y desde donde partimos para tener un primer contacto con el lugar”, expresa Rozic. La ciudad polaca, a 90 kilómetros del centro de refugiados, también es el lugar de asentamiento del cuartel general de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La delegación, de la que también formó parte Hugo Magonza, director general del Cemic, prestó servicios en la clínica montada por el hospital israelí en marzo pasado. “El equipo de trabajo se organiza en turnos de 12 horas rotativos, el equipo estaba formado por cinco médicos del hospital Hadassah, cinco de Cemic, tres de la Universidad de Chile y tres del hospital Universitario de Lublin. Fue una experiencia de trabajo y cooperación que fluyó como si trabajáramos juntos desde siempre”, dice Fanny Ribak, coordinadora de desarrollo del Cemic.

El refugio

Una hora y media de viaje hasta “el Tesco”, como identifican al hipermercado cerrado por la pandemia que se convirtió en centro de refugiados, recorrían todos los días los médicos argentinos. “Cuando llegué era impactante el olor, un olor muy particular que te quedaba impregnado. Olor de poca higiene, de la poca circulación de aire”, comenta la médica pediatra sobre la clínica que se montó en un viejo local de motos, donde colocaron camillas y cortinas de baño para separar los pacientes.

“Hay una especie de mundo dentro del mundo, gente durmiendo en cuchetas en largas filas numeradas. Lo que antes fueron negocios se transformaron en salones para esparcimiento de chicos y adolescentes y una gran cocina con filas de refugiados esperando ser atendidos”, relata Rozic. “Llegar fue fuerte, había más gente de la que me imaginaba”, agrega la médica de familia Jimena Juárez.

El centro de refugiados funciona como puerta de entrada a un nuevo comienzo. En ese lugar, se les entrega a los refugiados un chip con 10 GB para que puedan utilizarlo para comunicarse con sus seres queridos. “Donde estaban los locales ahora hay centros de ayuda e información de cada país para que puedan elegir adónde ir a vivir”, describe Tatín. Las principales opciones son Varsovia, Berlín, Praga, Hamburgo o Viena.

“Si bien teníamos alguna idea de lo que nos habían contado, uno no puede dimensionar. Es algo impensable que te desplacen de tu casa, que te vayas con lo puesto. Poner en una valijita toda tu vida”, expresa Tatín. “Ingresar ahí es una imagen desgarradora, cientos de personas quebradas emocionalmente, que llevan en sus valijas lo poco que rescataron de sus vidas en Ucrania, están cansadas, perplejas y sus lazos rotos. Nunca se está preparado para tanto horror”, agrega Ribak.

Contención

El centro de refugiados permanece abierto en todo momento. “La clínica cuenta con excelentes suministros médicos, electrocardiograma, ecógrafo y una farmacia muy bien surtida para estar las 24 horas a disposición”, comenta Rozic. “Atendíamos a 200 personas por día”, comenta Tatín y agrega: “La mayoría de los adultos venían por dolor de garganta o para controlar la presión, pero terminaban hablando de sus vidas”. Desde marzo, ya son más de 12 mil personas las que fueron asistidas en el lugar.

“Escuchamos muchas historias trágicas de bombardeos, desplazamientos. También gente que se fue a enterrar a un familiar fallecido cerca de la frontera y que retornó, o gente que dejó a familiares y perdió todo contacto”, relata el psiquiatra de Cemar. La comunicación fue lo más complicado, ellos hablan ucraniano y ruso y nosotros inglés y español”, agrega la médica pediatra que encontró ayuda en las enfermeras, en su mayoría israelíes, que hablaban ruso y actuaron como traductoras. Además, utilizaban constantemente sus teléfonos y había voluntarios para la comunicación.

“Mas allá del idioma, las personas terminaron contando sus experiencias con los ojos llenos de lágrimas”, explica Mercedes Heirnermann. “Además de la parte médica, uno termina aportando más con un abrazo. Un juego con los chicos lograba que por esos segundos nos olvidemos de lo que estaba pasando”.

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