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El Estadio Nacional de Chile y una historia de claroscuros: del Mundial del 62 al centro de detención más grande de la dictadura de Pinochet

El Estadio Nacional Julio Martínez Prádanos, que fue escenario de la ceremonia inaugural de los Juegos Panamericanos Santiago 2023 y sede de las pruebas de atletismo, tiene una rica historia deportiva y cultural. Construido en la década de 1930, fue sede de la Copa del Mundo de la FIFA de 1962 y de la Copa América de fútbol de 2015. Pero tiene también una historia oscura.

El escenario donde se vivieron con alegría las competencias de la 19ª edición de la cita deportiva más importante del continente fue el centro de detención más grande de Chile durante los primeros meses de la dictadura militar liderada por Augusto Pinochet, que derrocó el 11 de septiembre de 1973 al gobierno democrático de Salvador Allende.

Se estima que hasta el 7 de noviembre de ese año pasaron por allí entre 7 mil y 20 mil personas, chilenas y extranjeras, que fueron detenidas, torturadas, asesinadas y desaparecidas. Quizá el personaje más mítico que sufrió semejante salvajismo fue el cantautor Víctor Jara, fusilado con 44 balazos tras varias sesiones de tortura.

Las huellas de ese doloroso capítulo de su historia, muy familiar para los argentinos, siguen presentes, preservadas en el tiempo y dispersas por el predio que fue el corazón de la cita panamericana.

Entre los puestos de comida, los stands de los sponsors y los locales oficiales en los que la gente se amontonaba durante los Juegos con la ilusión de llevarse un recuerdo, había un rincón de respeto. La corporación «Estadio Nacional Memoria Nacional», que trabaja para «preservar, resguardar y proyectar la memoria», invitaba a los visitantes a conocer de cerca ese pedazo de historia chilena.

«Tener esta visibilidad y abrir nuestros espacios a los deportistas y al público que visita los Juegos, no solo chileno sino también extranjero, para que se conozca lo que aquí ocurrió es más que importante: es una oportunidad maravillosa», le dijo a Clarín Mariela Fuentes, coordinadora de los sitios de memoria del Estadio Nacional.

Desde ese lugar, a metros de una de las entradas al estadio, partían dos veces por día las visitas guiadas por los diferentes Sitios de Memoria del lugar, a cargo de guías, pero también de ex prisioneros, memoria viva de aquellos tiempos, que en cada recorrido relataron en primera persona lo que ocurrió allí.

El espacio de memoria junto al Estadio Nacional, con el imponente mural de fondo. Foto @santiago2023El espacio de memoria junto al Estadio Nacional, con el imponente mural de fondo. Foto @santiago2023Uno de ellos era José Manuel Méndez. Con 75 años, hablaba pausado, como queriendo darle tiempo a su cabeza para recuperar esas experiencias que quería compartir. Dijo que antes del golpe de Estado era electricista y trabajaba en una fábrica de vidrios en la que se producían parabrisas, espejos y accesorios para vehículos. Y que pasó 50 días como «prisionero de guerra» en el estadio.

«Siempre se nos llama presos políticos, pero la verdad es que fuimos prisioneros de guerra, porque ese fue el rango que nos dio el Ejército. Aunque aquí no hubo guerra -aclaró-. Fueron los 50 días más amargos de mi vida«.

Contó que en ese tiempo compartió el camarín (como llaman a los vestuarios) con otros 150 presos. Que pasaban el día encerrados, hablando en voz muy baja, «preocupados por no hacer ni decir nada que nos terminara costando la vida». Y entre los recuerdos que le volvieron a la mente durante la charla, eligió compartir uno especial.

«Entré al estadio con 24 años y salí con 25. Cumplí mis 25 adentro. Mis compañeros me los festejaron con dos hallullas (NdR: Un pan redondo muy popular en Chile) al que le pusieron un fósforo como velita. Después de eso, durante mucho tiempo no volví a celebrar mi cumpleaños, aunque ahora mis nietas me lo festejan. Pero cada vez que veo la torta se me vienen a la memoria como una película aquellas hallullas que compartí con mis compañeros«. relató.

Y continuó: «Nunca me voy a olvidar del sabor de esas migas de pan. Tenían un sabor especial, porque representaban la fraternidad de los que estábamos prisioneros allí, muertos de hambre».

El Estadio, sede de la fiesta inaugural, fue el principal centro de detención en los primeros meses de la dictadura de Pinochet. Foto Javier TORRES / AFPEl Estadio, sede de la fiesta inaugural, fue el principal centro de detención en los primeros meses de la dictadura de Pinochet. Foto Javier TORRES / AFPLas visitas en las que José y varios de otros ex prisioneros compartieron sus memorias -y que siguen realizándose tras el cierre de los Juegos- recorrieron lugares simbólicos del predio, donde de tanto en tanto aparecía algún mural o cartel homenajeando a las víctimas de la dictadura y fotos de las personas desaparecidas y contando sus diferentes historias.

Se visitaron camarines que alojaban a los prisioneros, entre ellos el Camarín de Mujeres, en la antigua piscina, en la que pasaban el día las detenidas. A metros del Centro Acuático donde se corrieron las pruebas de natación, una placa contaba lo que ocurrió allí hace 50 años.

El Velódromo, hoy en remodelación, es un sitio de mucho dolor. En sus túneles se realizaban simulacros de fusilamiento para quebrar psicológicamente a los detenidos antes de interrogarlos y torturarlos en los vestuarios, conocidos como «La caracola».

Un mural pintado en una torre de 27 metros por el artista Alejandro «Mono» González atraía la atención de todos. Fue inaugurado días antes del comienzo de los Juegos y «refleja la mirada de una mujer, emulando las situaciones que se vivieron en 1973».

Los puntos más emblemáticos del lugar son la Escotilla 8 y la Gradería de la Dignidad, dos sectores del interior del Coliseo del Estadio que se conservan tal cual estaban en septiembre de 1973. Nunca fueron restaurados ni modernizados, como el resto del lugar.

Por esa puerta pasaban diariamente entre 300 y 700 personas y en esa tribuna -adornada por la leyenda «Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro«- se sentaban los prisioneros a tomar aire, pero también para ser señalados para el proceso de tortura.

El rincón jugó un papel importante en la ceremonia de inauguración. Por esa puerta ingresó al estadio la nadadora olímpica Kristel Kobrich, quien fue el primer relevo de la antorcha panamericana que encendió el pebetero en la apertura. «Fue como una señal de que todo lo que ocurrió en el estadio, tanto lo positivo como lo muy negativo, es parte de una sola memoria», aseguró Fuentes.

«Aunque parezca raro, yo considero el Estadio como mi segunda casa. Nosotros somos una persona, pero en realidad somos dos: una del 11 de septiembre para atrás y otra del 11 de septiembre para adelante. Cargamos una mochila muy grande, muy pesada, de recuerdos, de amargura», explicó José.

Y cerró: «Hay prisioneros que nunca han vuelto. Hay otros que nunca les han contado a su familia lo que se vivió acá adentro. Nosotros contamos lo que acá se vivió. Somos las voces de los que no tienen voz».

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