domingo, 29 marzo, 2026
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La historia de las matzot: cuando cuidar al cuidador salva vidas

Europa, marzo de 1945. Las cenizas de la Segunda Guerra Mundial aún flotaban en el aire mientras las comunidades intentaban reconstruirse desde los escombros. En la ciudad de Czernovitz, un grupo de sobrevivientes judíos luchaba por recuperar los ritmos básicos de la vida. Entre ellos se encontraba el Rabino Eliezer Zushe Portugal, conocido como el Rebe de Sculeni.

La escasez y el deber

Se acercaba Pesaj, la festividad que conmemora la liberación del pueblo judío de la esclavitud en Egipto. Un elemento central de su celebración es el consumo de matzá, un pan ácimo que simboliza tanto la humildad como la libertad. En aquel contexto de posguerra, conseguir los ingredientes básicos era una hazaña. Con un esfuerzo sobrehumano, el Rebe de Sculeni logró hornear una cantidad muy limitada de estas obleas, insuficiente para cubrir las necesidades de todos.

Ante la cruda realidad, tomó una decisión: repartir lo poco que tenía de la manera más equitativa posible. Envió mensajes a otros líderes comunitarios de la región, asignando a cada uno tres matzot. No había margen para más; cada ración extra significaba dejar a otra persona completamente sin provisiones para la festividad.

Un pedido que desconcertó

Los días pasaron hasta que, una semana antes de Pesaj, llegó un emisario en nombre del Rebe de Vishnitz. El mensajero recibió las tres matzot asignadas, pero entonces, con una calma que contrastaba con la gravedad del momento, hizo una petición adicional: «El Rebe pidió seis».

La solicitud era precisa y no admitía negociación. No venía acompañada de explicaciones. Para el Rebe de Sculeni, el dilema era desgarrador: cumplir con ese pedido implicaba necesariamente privar a otro sobreviviente de su ración. Tras un momento de profunda duda, cedió. Confió en que, si otro líder espiritual hacía una petición tan específica en medio de tanta escasez, debía existir una razón de peso.

La revelación final

En la víspera misma de la festividad, el emisario regresó. Ante su presencia, el exhausto Rebe de Sculeni, anticipándose a un nuevo reclamo, declaró que ya no le quedaba nada. La respuesta del mensajero no fue una demanda, sino una pregunta reveladora: «¿Guardaste matzot para vos?».

El silencio del Rabino fue la respuesta. En su afán por asegurar que otros tuvieran, había omitido reservar para sí mismo. Fue entonces cuando el emisario explicó el verdadero propósito del inusual pedido: «El Rebe de Vishnitz sabía que eso es exactamente lo que ibas a hacer. Por eso pidió seis. Tres eran para él. Y tres eran para vos».

La lección perdurable

Esta historia trasciende el hecho histórico para iluminar una dinámica humana constante. Mientras el Rebe de Sculeni velaba por el hambre de su comunidad, el Rebe de Vishnitz tuvo la perspicacia de ver al hombre que estaba dispuesto a quedarse con nada con tal de que otros tuvieran. Reconoció que esa forma extrema de generosidad también necesitaba protección.

El episodio plantea una pregunta incómoda y relevante en cualquier contexto: ¿quién cuida al que siempre está cuidando a los demás? En cada familia, grupo de amigos o comunidad, suele haber personas que asumen, de forma natural y silenciosa, el rol de sostén. Su fortaleza puede hacer que pasen desapercibidas en sus propias necesidades.

La verdadera solidaridad, sugiere esta enseñanza, comienza cuando ampliamos la mirada para incluir no solo a quien pide ayuda, sino también a quien, por vocación o carácter, nunca lo hará. Cuidar al cuidador no es un acto secundario, sino fundamental para el equilibrio de cualquier grupo humano. Es un recordatorio de que la bondad más resiliente también requiere un suelo fértil donde apoyarse.

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