En el complejo camino de la crianza, uno de los errores más comunes y con mayor impacto a largo plazo es la sobreprotección. Según la especialista Maritchu Seitún, esta actitud transmite un mensaje implícito y dañino: «vos no podés». Esta percepción, internalizada por el niño, puede minar severamente la construcción de una autoestima saludable y la confianza en sus propias capacidades.
Autonomía: un proceso gradual y necesario
El desarrollo infantil está marcado por una serie de «despegues» naturales de las figuras parentales. La tarea del adulto, explica Seitún, no es evitar estos despegues por temor o comodidad, sino facilitarlos. Esto implica confiar tanto en la capacidad del niño para lograrlo como en la propia para acompañar el proceso, incluso con la nostalgia que conlleva dejar atrás cada etapa.
Crecer, aunque sea maravilloso, también puede generar dolor y miedo. El rol del adulto es procesar su propio duelo para poder sostener el del niño, transformando el crecimiento en una celebración y no en una amenaza o una penitencia. El objetivo es que duela solo lo inevitable, un dolor que el niño puede procesar al lado de sus padres.
El riesgo de acumular desafíos
Un error frecuente es postergar estos pasos hacia la independencia. La vida cotidiana ofrece múltiples oportunidades para fomentar la autonomía de manera paulatina, pero muchas veces, por diversas razones, no se aprovechan. El problema surge cuando la realidad fuerza a realizar varios cambios de golpe, generando una situación de estrés para todos.
Seitún ilustra este punto con un ejemplo claro: un niño que aún duerme con sus padres, usa chupete y pañales cuando nace un hermano. De pronto, la familia intenta que deje la cama familiar, abandone el chupete por indicación del odontólogo y deje los pañales, todo mientras se adapta al jardín de infantes. La acumulación de exigencias convierte un proceso natural en una pesadilla.
Pequeños logros, gran confianza
La autonomía comienza a hacerse visible desde muy temprano, con el gateo y los primeros pasos. La reacción del adulto es fundamental: puede ser de celebración y confianza, o de miedo y freno. Un gesto o una mirada son suficientes para transmitir uno u otro mensaje.
Entre el primer y tercer año de vida, los niños conquistan hitos clave: dejan el pecho o la mamadera, abandonan el chupete y los pañales, aprenden a comer solos y a dormir en su propia cama. Cada uno de estos logros, realizado en el momento adecuado, es una fuente inmensa de orgullo y autoestima. El niño siente que una tarea, como darle de comer a la mascota o ponerse la campera, es «suya».
El valor del error y la paciencia
Nadie nace sabiendo. Antes de hacer las cosas bien, los niños inevitablemente las harán mal: se pondrán la remera al revés, volcarán el agua o se enjuagarán mal el pelo. La mejora llega con el tiempo, la práctica y, crucialmente, con la tolerancia al error por parte de los padres. Detrás de cada habilidad adquirida hay años de práctica, paciencia y constancia, de adultos que acompañan sin rendirse ni enojarse.
Mimar no es lo mismo que sobreproteger
La especialista hace una distinción fundamental. Mimamos cuando hacemos algo por el niño que él podría hacer solo, pero lo hacemos por gusto, porque lo vemos cansado o porque nos lo pide. Es un acto de cariño ocasional.
En cambio, sobreprotegemos cuando hacemos esas mismas cosas por razones equivocadas: porque lo hacemos más rápido, porque no confiamos en que él pueda aprender o en que nosotros podamos enseñarle. Este patrón sistemático es el que envía el mensaje nocivo de incapacidad. La tarea parental no es hacer las cosas por el hijo, sino ir ampliando, de manera segura y disfrutable, la zona de lo que él sí puede hacer.
Estos pequeños pasos iniciales son la base para que, más adelante, el niño pueda desenvolverse con seguridad y confianza en sí mismo lejos de casa, ya sea en la escuela o en casa de amigos. Es un trabajo arduo que requiere esfuerzo y dedicación en el presente, pero cuyos frutos—niños resilientes y seguros—valen infinitamente la pena.
