miércoles, 1 abril, 2026
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A 50 años del golpe: reflexiones sobre la deshumanización

El 24 de marzo de 1976 marcó un punto de inflexión en la historia argentina. Ese día, las Fuerzas Armadas derrocaron al gobierno constitucional de Isabel Perón, iniciando un período que se extendería por siete años. Si bien los golpes de Estado no eran un fenómeno nuevo en el país ni en la región, el régimen instaurado introdujo una metodología de terror inédita en su escala y sistematicidad.

La sistematización del horror

Lo distintivo de la dictadura argentina no fue la mera toma del poder por parte de los militares, sino el uso del terror como herramienta de gobierno. La desaparición forzada de personas, la instalación de una red de centros clandestinos de detención, la tortura como práctica habitual, el robo sistemático de recién nacidos y los vuelos de la muerte constituyeron un aparato represivo metódico y planificado.

Esta maquinaria no operó en base a actos aislados o desbordes emocionales, sino como una política de Estado ejecutada con frialdad burocrática. La pregunta que surge, y que trasciende el análisis histórico, es cómo una parte de la sociedad puede involucrarse en la supresión de la humanidad del otro, convirtiéndola en una tarea administrativa rutinaria.

El problema filosófico de la crueldad normalizada

El caso argentino, junto a otros genocidios y crímenes de lesa humanidad del siglo XX, plantea un desafío al pensamiento. No se trata solo de entender las causas políticas o sociales, sino de comprender cómo se logra que individuos comunes participen en actos de extrema crueldad, percibiéndolos como un deber o incluso encontrando en ellos un sentido.

La responsabilidad más allá de la obediencia

Frente a las justificaciones basadas en la obediencia debida o la falta de alternativas, la filosofía moral ofrece herramientas para el análisis. Teóricos como Harry Frankfurt argumentan que la responsabilidad moral no depende necesariamente de tener opciones diferentes, sino de actuar conforme a la propia voluntad. Este enfoque cuestiona la coartada de la inevitabilidad: si un individuo no habría actuado de otra forma incluso teniendo la posibilidad, su responsabilidad no se diluye.

Una advertencia vigente

La reflexión a cincuenta años del golpe no es un mero ejercicio de memoria. En un contexto global donde se observan retrocesos democráticos, discursos de odio y la erosión de las instituciones, el mecanismo de deshumanización del adversario político reaparece en diversas latitudes. No se trata de establecer comparaciones simplistas, sino de reconocer que la capacidad de negar la dignidad del otro es una amenaza latente en la vida política.

La distancia entre la palabra que estigmatiza y la acción que aniquila puede ser más corta de lo que se supone. El «Nunca Más», más que un recordatorio del pasado, es un principio de vigilancia activa para el presente, una defensa de la convivencia democrática basada en el respeto irrestricto por los derechos humanos.

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